OCTAVIO HERNÁNDEZ JIMÉNEZ (San José Caldas, 1944).

 

ESTUDIOS:


Kínder en el Colegio de las Betlemitas, de Anserma Cds. (1951).

Primero y segundo de primaria, en la Escuela Sucre de Anserma Cds. (1952-1953).

Tercero y cuarto de primaria, en la Escuela Marco Fidel Suárez, de San José Cds. (1954 y 1955)

Quinto de primaria, en el Colegio Salesiano de Pereira (1956)

Primero, segundo y tercero de bachillerato, en el Seminario Diocesano de Pereira (1957-1959).

Cuarto, quinto y sexto de bachillerato, en el Colegio Santo Tomás de Aquino de Apía Rda. (1960-1962).

Licenciado en Ciencias de la Educación, Filosofía e Historia, Universidad La Gran Colombia, Bogotá, (Ministerio de Educación Nacional, Registrado en el folio 6 del libro de diplomas Nº1, III-11-1974).

 

Profesor Colegio Oficial Santo Tomás de Aquino, Apía Rda. (1967-1970).

Profesor de tiempo completo, Universidad de Cundinamarca, Girardot (1974-1975).

Profesor de tiempo completo de la Universidad de Caldas, entre 1976 y 2001 (Resolución Nº 191 de febrero 13 de 1976).

Profesor Titular de la misma institución, Consejo Académico (Resolución Nº 066 del 28 de noviembre de 1991).

Vicerrector Académico, Universidad de Caldas (Resolución 00845 del 21 de marzo de 1996).

Decano de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de Caldas entre 1996 y 1999. (Resolución 001834 del 11 de junio de 1996).

Decano Ad-hoc de la Facultad de Ciencias para la Salud de la Universidad de Caldas (Resolución 000141 del 21 de febrero de 1997).

Representante de Profesores ante el Consejo Académico de la Universidad de Caldas (1994-1996).

Integrante del Grupo de Investigaciones en Patrimonio y Memoria Cultural, aprobado por Colciencias (1999).

Par externo en visitas del Icfes para acreditación de universidades (1999).

 

OTRAS ACTIVIDADES:

 

Director del periódico estudiantil “Lanza en Ristre”, Manizales, (1982-1992).

Miembro fundador y de número de la Academia Caldense de Historia (desde 16 de agosto de 2.003, fecha de su fundación),

Miembro del Centro de Escritores de Manizales (1.990),

Miembro fundador del Museo de Arte de Caldas (desde 15 de junio de 2.000, fecha de su fundación),

Miembro de la Junta Directiva de la Orquesta de Cámara de Caldas (desde 2.001),

Miembro de la Junta Directiva de la Corporación Arte y Ciudad (2.005)

Codirector de Grafía Plena (Revista Literaria de La Patria, Manizales, (1988-1990).

 

Conferencista y ponente en distintos eventos institucionales, municipales, regionales y nacionales, entre ellos:

Ponente en el IX Congreso Nacional de Profesores de Español y Literatura, Pasto, 1976.

Ponente en el X Congreso Nacional de Profesores de Español y Literatura, Florencia, 1977.

Ponente en el XI Congreso Nacional de Profesores de Español y Literatura, Popayán, 1978.

Expositor Encuentro de la Palabra, Riosucio Cds. (1990),

Conferencista Casa de Poesía Silva, (1992).

Conferencia “Teodoro Jaramillo, escéptico y burlón”, Área Cultural del Banco de la República, Manizales (1984).

Conferencista Centenario de la Constitución de 1886, Área Cultural del Banco de la República, Manizales (1986),

Ponente del Seminario Científico de CENICAFÉ (Chinchiná) con el tema “Cultura Popular Caldense” (1997).

Ponente en Congreso de Historia Regional, celebrado en Supía, Caldas, 1998. Tema: Centenario de Luis Donoso.

Ponente Cátedra Unesco, Seminario Internacional organizado en la Universidad Nacional, Sede Manizales (2000),

Conferencista I Centenario de creación del Departamento de Caldas (1905).

Conferencista 101 años de Caldas, Auditorio Secretaría de Cultura, abril de 2006.


DISTINCIONES:

 

Profesor Distinguido de la Universidad de Caldas, según resolución 069 del Consejo Superior, del 2 de diciembre de 1993.

Premio a la Investigación Científica Universidad de Caldas (Vicerrectoría de Investigaciones y Postgrados), (10 de diciembre de 1997).

Premio a la Investigación Universitaria Gobernación de Caldas-Instituto Caldense de Cultura (2000).

Primer Premio Concurso de Cuento Universidad de Caldas (1984), con la obra “Canción de Cuna para un moribundo”, Hipsipila, Revista de Extensión Cultural U. de C., vol.1, Nº1, (1985).

Flor de Oro del Café, I Nuevos Juegos Florales de Manizales, categoría Ensayo, patrocinados por la Alcaldía de Manizales y el Centro de Escritores, (1993), con el texto “Paisaje Sonoro”.

Mención de Honor, II Nuevos Juegos Florales de Manizales, (1994), categoría Ensayo, con el texto “De boca en boca”.

Flor de Oro del Café, III Nuevos Juegos Florales de Manizales, (1995), categoría Ensayo, con el texto “De supersticiones y otras yerbas”.

Mención de Honor Carnavales del Duende 1994, “por sus valores y acciones cívicas con la comunidad de San José”. Corregimiento de San José de Risaralda, Caldas, (13 de noviembre de 1994).

Orden del Duende Ecológico, en su primera versión, otorgada por la Alcaldía Municipal de San José Caldas (Resolución Nº 093-08, 9 de octubre de 2008).

Reconocimiento del Consejo de la Facultad de Educación de la Universidad de Caldas “por unanimidad, debido a la labor eficiente y callada en áreas como la investigación y la producción literaria” (Oficio Nº 393, Manizales, 22,12, 1988).


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 “OCTAVIO HERNÁNDEZ, EL MÉDICIS DE SAN JOSÉ CALDAS”

 

                                                                Carlos Arboleda González*


La tierra no es nuestra y, aunque tardíamente sabemos que nosotros somos los que le pertenecemos, de este principio inmemorial surge ese arraigo inalienable por el lugar de nacimiento, por el pueblo, por la ciudad, por la cuna y por el verdadero hogar del ser humano. Todo otro elemento vino luego. Tal vez el sentido de extrañamiento por nuestra patria chica sea tan natural como el que sentimos por algo congénito y amado. Pero ocurre que, como seres humanos, debemos crecer para reconocer, muchas veces demasiado tarde, el entrañable valor que subyace en este sentido de pertenencia.

 

Así como nos gusta la casa materna y la ropa y el comedor, también nos encanta ostentar esa prenda de la familiaridad, muchas veces manifiesta en el apellido, motivos suficientes para buscar un lugar en la vida y un lucimiento, y también un reconocimiento. Pero existen ciudadanos que siguen queriendo a su pueblo todo el tiempo y viven este reconocimiento a la inversa: o sea que quieren seguir adornando su lugar de origen, como si el agradecimiento fuese su vocación.

 

Así, Octavio Hernández Jiménez, desde hace tiempo, se ha dedicado a adornar a su pueblo natal, San José de Caldas, con las galas del arte, porque él no sólo cree, sino que lo sabe y lo vive, que los bienes más preciosos de un ser humano son los bienes naturales retocados por el arte, por el alma y por la cultura. Él sabe más que muchos cuánto vale un libro, una estatua y un aire musical; y también, cómo aroman nuestra vida el recuerdo, las tradiciones orales, las pequeñas historias de la infancia, sus dichos, sus refranes y sus alimentos.

 

Y ahora, cuando la Providencia le ha permitido cesar en sus trabajos profesionales, y tiene el grato privilegio de gozar de su pensión de jubilación, después de mucho tiempo de docencia en la Universidad de Caldas, reconfirma su tarea de seguir adornando, desde la propia Sixtina de San José de Caldas y sus aledaños terrígenos, en aquellas breñas en las que nació respirando el aire puro de los valles del Risaralda y del Cauca, mientras contemplaba las cumbres blancas andinas de nuestra Tama, Cumanday o Ruiz.

 

En su pueblo natal, especialmente en la iglesia, él ha ido reuniendo una valiosa colección de obras de arte de artistas regionales, donadas a título personal, por propia voluntad y gusto, para que allí, sus propios y visitantes, puedan recordar en forma vívida que el arte y el espíritu nos sobreviven de la manera más alta. Lo primero que hizo fue donar su valiosa biblioteca enriquecida, especialmente por los clásicos.

 

Luego, preocupado por la suerte cultural de San José, Octavio Hernández, amante del arte como pocos, con una generosidad sin igual, ha financiado varios proyectos, los que ha donado de manera ejemplar. El primero fue una escultura en bronce de Jorge Vélez Correa, “El Duende”, obra que un alcalde sin sentido ni formación cultural relegó del sitio estratégicamente escogido y que hoy se encuentra arrinconada sin prestar la función didáctica que pretendía: quien ingresara al bosque a cortar árboles, el duende lo embolataba.

 

Más tarde, Walter Castañeda, en 1998, por encargo de Hernández Jiménez, pintó en la iglesia un mural llamado “El Juicio Final”, de 4,50 metros de alto por 2,80 de ancho, que representa los pecados y las virtudes del siglo XX. Ahora, el próximo 13 de julio, la parroquia recibirá un mural en madera, “La Sagrada Familia”, tallada por Fernando Alvarado, conformado por aquellas figuras bíblicas pero con conceptos y mensajes modernos. Antes, Alvarado había tallado en madera un Vía Crucis, también encargado por Hernández Jiménez.

 

Fernando Botero, de igual forma, nos ha dado ejemplo al reubicar una valiosa colección de su factura en su tierra de origen, Colombia y Medellín, porque como dice el tango, “siempre se vuelve al primer amor” y, el primer amor, como piensa Octavio Hernández Jiménez, es la tierra madre.

 

Hemos visto lejana la expresión “mecenas”, la que hemos asociado con los Médicis y con algunos césares de la antigüedad, pero creo, con todo respeto y admiración, que los hechos de Hernández Jiménez merecen ser contados y reconocidos, más porque sus móviles son íntimos, personales y a la vez generosos, desprendidos y naturales. Y, además, está demostrando que para ser mecenas, en esta tierra, no hay que contar con grandes capitales, ni ser parte de un macroproyecto, ni pretender una estatua inmediata o postrera en esta bella Sixtina de San José de Caldas.

 

¡Qué bueno sería que cada pueblo de Caldas tuviese un mecenas, un Lorenzo de Médicis local, como Octavio Hernández Jiménez! Otra sería nuestra suerte y muchas Florencias adornarían nuestro territorio.

 

 

(El Doctor Carlos Arboleda González publicó este artículo en el diario La Patria, julio de 2001, p.5a. Ejercía el cargo de Director del Instituto Caldense de Cultura).

 

 

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“OCTAVIO HERNÁNDEZ JIMÉNEZ Y SAN JOSÉ DE LOS MITOS”

 

Carlos Arboleda González*

 

San José de Caldas, por su ubicación privilegiada, está llamado a convertirse en un destino turístico, para lo cual debe modificar su nombre y llamarse, más bien, San José de los Mitos, más comercial y con suficientes leyendas para justificarlo, como lo es la historia del Duende.

 

Este pequeño municipio tiene una respetable familia, los Hernández que ha sobresalido, por varias generaciones, en el campo del comercio, la política, la religión y el arte.

 

A Octavio Hernández Jiménez (1944), licenciado en Filosofía, Letras e Historia, profesor titular de la Universidad de Caldas, ya jubilado; autor de “Los Funerales de Don Quijote”, “Camino Real de Occidente”, “La Explotación del Volcán”, “El Paladar de los Caldenses”, “De Supersticiones y otras yerbas”, “Nueve Noches en un Amanecer”, “Cartas a Celina”, “Del Dicho al Hecho: sobre el habla cotidiana en Caldas”, entre otros, podemos compararlo, obviamente guardadas proporciones, con Lorenzo de Médici (1449-1492), llamado el Magnífico, príncipe de Florencia, además de banquero, filósofo y poeta, mecenas de Sandro Boticelli, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti y fundador de la Biblioteca Laurenciana.

 

Desde hace varios años, Octavio, el Médici nuestro, optó por convertirse en un mecenas de la cultura y del arte de San José de los Mitos. Lo primero que hizo, cuando murieron sus abuelos, fue adquirir los derechos de dicho predio y dedicarle sus ingresos profesionales, por varios años, a realizar una restauración lo más fidedigna posible. Hoy, esta casa, la más bella de la municipalidad, engalana el paisaje visual privilegiado de quienes transitan por el lugar.

 

La casa de los Hernández descresta de entrada pues al ingresar encontramos dos bellas tallas del maestro Fernando Alvarado. El segundo piso de la edificación es, sin exageración, una galería de arte, empezando por los muebles Art Decó.

 

Los principales pintores caldenses están allí. Sandy Arcila, el del Mural del Instituto Universitario, adorna la sala que da a la plaza, con tres óleos, entre ellos uno con la figura de Octavio cuando aún era joven y otro llamado “La Muerte del Colono” que es la historia de su abuelo quien murió de fiebre amarilla.

 

Pero también están Ángel María Palomino, David Manzur, Mari Paz Jaramillo, Jorge Vélez Correa, Jesús Franco, Bernardo Arias, Diego Panesso, Adolfo Peña, Óscar Naranjo, Jorge Eliécer Rodríguez, Walter Castañeda, Luz María Jaramillo, Mario Escobar Ortiz, Alberto Betancur, John de Greck, Carlos Augusto Buriticá, Marisol Rendón y Gustavo Villa.

 

Hay un cuarto especial dedicado al artista del pueblo, Alcides Arenas, de la vereda Altomira, con cuadros pintados de manera primitiva, con temas eminentemente populares, de elemental belleza y gracia, llenos de humor.

 

Los cielo rasos de la casa son espectaculares; una parte son en lámina corrugada y otra en madera con figuras geométricas pintadas en alegres colores. El cuarto principal, con una cama de cobre del siglo XIX, tiene un escritorio también antiguo y una pequeña biblioteca donde sobresalen Jorge Luis Borges y otros clásicos de la literatura universal; allí, de igual manera, podemos apreciar, magníficamente dispuestos, los pergaminos y las placas que le han dado en diferentes homenajes.

 

Ningún municipio de Caldas tiene una casa como la de Octavio Hernández Jiménez, imponente y bella por fuera y una verdadera obra de arte por dentro.

 

Pero, el mérito mayor de este escritor radica en las obras de arte que ha venido donándole a San José de los Mitos. En la iglesia de Nuestra Señora del Carmen hay un gran óleo de Walter Castañeda, “El Juicio Final”; una talla en madera de Fernando Alvarado, “La Sagrada Familia” y el Vía crucis del mismo artista. Al lado de un Simón Bolívar muy simpático que existe en la plaza principal, está una escultura de Jorge Vélez Correa, “El Duende” que él gestionó ante el gobierno departamental para su adquisición. Al entrar al edificio de la Alcaldía se ubica “Familia colombiana” de Fernando Alvarado y, en el salón Ancízar Henao, observamos “Luz del Mundo”, de su autoría.

 

Pocos seres humanos, sin grandes recursos económicos, como lo es Octavio Hernández Jiménez, le han dado tanto a su pueblo. Con el desprendimiento está demostrando que es un hombre superior, un alma pura que ama no sólo el arte y las raíces ancestrales que heredó de sus padres, sino que también está expresando, de manera visible y palpable, el amor profundo que siente por su patria chica. El Médici nuestro, Octavio el Magnífico, merece estas sinceras líneas, escritas con admiración, veneración y gratitud. Hombres como él hacen grande a un país. ¡Lástima que no abunden!

 

 

(El Doctor Carlos Arboleda González, Secretario de Cultura de Caldas, publicó este comentario, en el diario La Patria de Manizales, el 4 de agosto de 2009, p.7b).

 

 


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Creadores de Identidad:

 

OCTAVIO HERNÁNDEZ,

ESTUDIOSO DE LA HISTORIA REGIONAL

 

Jorge Eliécer Zapata B.*

 

Octavio Hernández Jiménez ha sido en Caldas quien complementa el estudio de los grandes acontecimientos de la historia. Él se enfoca en lo que se pudiera llamar la letra menuda, lo que da vida y fuerza al hilo conductor de la historia.

 

Los sucesos que conforman la historia de un pueblo, en apariencia, son los sucesos magnos: las guerras y las batallas, las invasiones y las conquistas, las colonizaciones y las fundaciones de pueblos y ciudades pero también los hechos menos pomposos dan fuerza y cohesionan el gran suceso, y a este aspecto se le apuntan pocos estudiosos, como sucede en Caldas con Albeiro Valencia Llano quien enfoca la colonización antioqueña desde la vida familiar.

 

Visión de la Región:

 

El ensayo titulado Camino Real de Occidente es en Octavio Hernández el inicio de una búsqueda que permite acercar a las gentes a lo que fue nuestro pasado. En este corto estudio está de cuerpo presente la vida política y económica de la vasta región, ya que el tramo descrito por Hernández unía la gobernación de Popayán con la de Antioquia e iba insertando las nuevas fundaciones al desarrollo general de la república. En él se redescubre la historia regional, la arteria por la cual transitaron los indígenas, los primeros españoles, los criollos y posteriormente, toda la población de la República.

 

El Paladar de los Caldenses, obra que recupera la gastronomía regional, muestra la vocación por la buena mesa en un territorio donde se funden el nativo, el africano, el español y posteriormente el mestizo que ayuda a dar forma a la identidad culinaria.

 

De Supersticiones y Otras Yerbas penetra en la idiosincrasia regional y muestra como se han asimilado las tradiciones que formaron los mayores enriqueciéndolas con fuerza creadora.

 

Del Dicho al Hecho: el Habla popular en Caldas complementa la manera como los habitantes de este territorio se expresan en medio de la evolución de una lengua dinámica como lo es el español. “Es un trabajo de investigación de paremiología alrededor del estudio y análisis de los refranes más conocidos en Caldas”, ha dicho el historiador Javier Ocampo López.

 

Por último, Los Caminos de la Sangre, un estudio corto y serio sobre el poblamiento de Viterbo, las familias que ahora componen el conglomerado y su procedencia. Esta obra se publicó el pasado abril con motivo de la celebración del centenario de esa población caldense.

 

El escritor, quien nació en San José, mira con lente de humanista cómo se ha formado la región caldense.

 

Confrontación con el mundo:

 

Octavio Hernández Jiménez fue profesor de la Universidad de Caldas, lector de todas las horas y viajero estudioso. Ha recorrido mundo para confrontar sus lecturas con la realidad sacando valiosas conclusiones que se convierten en amenas crónicas que paulatinamente da a conocer.

 

Todo esto lo complementa con juiciosos análisis de la obra de los artistas regionales indicando cuanto se ha avanzado en este sentido. Aquí ejerce un mecenazgo que contribuye a fortalecer la cultura comarcana.

 

(Jorge Eliécer Zapata B., presidente de la Academia Caldense de Historia, publicó esta semblanza, en el periódico La Patria, de Manizales, el viernes 26 de agosto de 2011, p.2b).

 


Neiva (H.), 7 de abril de 2012

 

Señor

Fabio Alzate Vallejo

Apía (Rda.)

 

 

Mi muy estimado amigo: 


 
Reciba un cordial saludo, luego de lo cual y conforme a lo acordado, me es placentero hacer una sencilla presentación de lo que mi regular memoria, modesta observación y capacidad de redacción me lo permite:


 OCTAVIO HERNANDEZ JIMENEZ.

 

Podríamos decir que él mismo ha madurado su vida y la vida misma lo ha añejado como los más exquisitos vinos.
 
Fue el primero de los hijos de un humilde hogar conformado por don Daniel Hernández y doña Rosa María Jiménez. Nació en el entonces  Corregimiento de San José Caldas (ahora Municipio), el 16 de diciembre de 1944. Aún él mismo conserva intacta la pequeñísima alcoba donde vio la luz por vez primera.
 
El mayor de 8 hermanos, de los cuales han fallecido los dos menores (Ángela Rosa, que también hizo su bachillerato en Apía) y Daniel Alberto. El papá murió el 15 de Julio de 1971 y la mamá el 19 de Agosto del año 2000.
 
El kínder lo cursó en Anserma Caldas; la primeria en la Escuela Marco Fidel Suárez de San José y la secundaria en el Colegio Salesiano, Seminario Menor de Pereira y Colegio Santo Tomás de Aquino de Apía, donde se graduó en el mes de noviembre del año 1962. Fue aquí donde echó sus primeras raíces; a  brotan sus primeras dotes de intelectual, a transmitir y a compartir conocimientos como profesor de Filosofía  y de  Español y Literatura, sucediendo con lujo y capacidad a don José Álvarez Patiño.
 
Desde niño, siempre respetuoso, obediente, virtuoso, de completa dedicación a sus estudios, los libros, las revistas, periódicos como a sus quehaceres domésticos. Consumado lector y observador de la vida cotidiana, lo que lo proyectó en las artes teatrales, la literatura, la pintura, la historia, aficionado a la fotografía e incluso artesano en la madera. Inocultable ha sido su admiración, entre no pocos, por clásicos, modernos y contemporáneos, lo que le permite hablar con tanta propiedad y generosidad de un Dante o Miguel de Cervantes como del mismo Gabriel García Márquez, un Neruda o un Octavio Paz. O de las obras de Miguel ángel, Francisco de Goya, pasando por Picasso, Salvador Dalí, Manzur, Palomino, Botero, Diego Panesso y otros bien prestigiosos, hasta el más provinciano como Alcides Arenas (pintor campesino paisajístico de San José).
 
Sobrino entre otros, por línea paterna, del Padre Octavio, Teresita, María, Matilde, Rosita y Sor Ángela Hernández Londoño, quienes, en su medida, le tendieron las manos en los difíciles momentos económicos vividos por sus padres.
 
Y es  así como lo podemos afirmar con todo convencimiento que por el tiempo en que fungió como orientador de las cátedras  de las materias como las antes mencionadas, fue LA EPOCA DE ORO  DE LA CULTURA APIANA, tierra a la que reverencia como si fuera su verdadera patria chica, en la cual, gracias a su impulso e iniciativa, y a la consiguiente correspondencia de sus discípulos del Colegio Santo Tomás, florecieron la literatura, la poesía, el teatro, la investigación... De allí que para cada presentación literaria o teatral, la sociedad de nuestro querido pueblo se engalanara para disfrutar y luego desbordarse en tan inmejorables calificativos.   Tales presentaciones trascendieron a los pueblos vecinos de tal manera que no dudaron en reclamar la repetición de unas y otras representaciones culturales. Octavio, como ninguno supo explotar la enorme cantera que representaban sus alumnos del colegio Santo Tomás de Aquino.
 
Ilustrado, pragmático y divertido. Agradabilísimas eran las cátedras que Octavio abordaba, como que generalmente iniciaba sus clases de una manera coloquial, llamando la atención de sus discípulos en un hecho notorio actual, o bien, de una simple observación personal reciente, lo que llevaba a cautivarlos o interesarlos. De esta manera  los iba interesando en el tema materia de sus clases, la que fuera de exigencia para el programa académico y mucho más, convirtiendo a un buen número de los muchachos en lectores, investigadores en incluso en intelectuales beligerantes, los que después  irían  a descollar en claustros universitarios y la misma vida familiar, social y pública. 
 
El Colegio San Tomás y el mismo pueblo de Apía pudieron contar con tan valioso prospecto hasta finalizar el año 1970. Desde el año 1971 se radicaría en Bogotá, donde habría de continuar sus estudios superiores en la Universidad Gran Colombia, en la cual recibió con alegría los títulos en Filosofía, Historia, Español y Lenguas Modernas. No fueron pocos los sacrificios que le correspondió afrontar para alcanzar sus logros. Levantarse antes de las cinco de la mañana para abordar dos rutas de buses que lo llevarían a Bosa, al sur de la ciudad, para dictar clases en la primera jornada en colegio de tal localidad, regresarse hasta el Norte y hacer lo propio en el elegante Colegio Femenino "La Enseñanza", luego de lo cual debería trasladarse hasta el centro de la ciudad a atender las exigencias de la Universidad. Sus gastos debieron restringirse al máximo como quiera fue en ese mismo año de 1971 cuando su padre, víctima de una enfermedad terminal murió en San José. Era el mayor de los hermanos y debería afrontar la situación.
 
Se trasladó luego a Girardot donde ejerció la docencia en la Universidad de Cundinamarca y de allí se radicó en Manizales, ciudad en la cual se desempeñó como docente de la Universidad de Caldas, como Decano y vicerrector. Son muchas sus conferencias, sus presentaciones de gran calidad,  a las cuales ha sido invitado  en razón a sus trabajos, sus obras, por lo cual los reconocimientos a ellos no han sido nada gratuitos.
 
Por lo demás se sabe que en su vida personal ha sido muy ordenada, querido y respetado por sus hermanos, familiares y amigos. Milimétricamente organizado en sus finanzas, sin que tal circunstancia lo prive de participar de una vida decorosa y cómoda en la cual puede asistir a su gusto, a las presentaciones teatrales, óperas, conciertos musicales, sociales, familiares y/o recorridos por distintas regiones de Colombia, Suramérica, México, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia, España y otros países, en donde ha tenido la satisfacción y la alegría de visitar museos, monumentos históricos que, físicamente, recrean lo estudiado y aprendido en los libros, cosas de las cuales, con toda justicia, se puede gloriar.  

 
Ejemplar, ¿verdad?
 
Con gusto,

 

Francisco Javier Hernández J.

 

 

(Esta carta fue leída, en el Club Tucarma de Apía (Rda.), en la tarde del 7 de abril de 2012, en el acto de presentación del libro "Apía, Tierra de la Tarde".


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SOBRE LA VIDA DE OCTAVIO HERNANDEZ JIMENEZ


Fabio Alzate Vallejo


No sería yo la persona idónea para escribir una biografía sobre la vida de Octavio Hernández, en este momento, pues no he tenido la oportunidad de leer todas sus obras y no tuve la fortuna de ser su alumno en la época del Santo Tomás, aunque si contemporáneo y coetáneo, porque cursaba los primeros años del Colegio, por la época en que, Octavio, fue profesor de Filosofía y Literatura.


Y fue precisamente por aquella época de 1968 a 1971 en que me tocó ser testigo del enorme impactó que causó en la juventud tomasina y en sus alumnos las diferentes actividades que desarrollaba Octavio: Fue un descubridor de talentos. Promotor de artistas poetas y escritores que desplegaron sus aptitudes a través del teatro, los periódicos murales y los concursos de cuento, poesía y declamación que organizaba dentro de las actividades del Centro Literario Marco Fidel Suárez.


Elba Ochoa con su melodiosa voz, Régulo González, Hernán Díaz fueron algunos de esos alumnos; de muchos de ellos nunca se supo su continuidad en las lides literarias, no sucedió así con el espíritu rebelde, de liderazgo sindical y revolucionario, que se forjó en muchos de ellos como fue el caso de Felipe García, eminente dirigente sindical en Risaralda,, Hernando Rúa y Marco Tulio Salazar en Caldas, Gustavo Hincapié en Alemania y luego en Antioquia.


Muchos de sus alumnos hoy son distinguidos profesionales, en diferentes ramas del saber, y en todos se observa una gran constante: Un gran cariño, un gran respeto y una gran admiración por su Maestro. Tengo todavía vivo el recuerdo de aquella fiesta del Colegio Santo Tomás, organizada por Octavio, en 1970, en donde con lujo de detalles los alumnos de sexto, dirigidos por Octavio, hicieron tremenda imitación de Don Gabriel Rojas Morales, trabajo que estuvo a cargo de Eliseo Múnera, este repitió en forma muy jocosa la voz militar, sus gesticulaciones, el manoseo de las cargaderas que sostenían sus pantalones y sus gritos estridentes, fue el mismo don Gabriel el que más gozó y felicitó a Eliseo por tan fiel imitación. Recuerdo, también, como en aquella fiesta por primera y única vez vi como armaron una piñata con una gallina viva como sorpresa, animal que terminó dividido en 350 partes equivalentes al número de estudiantes que ansiosos esperábamos el contenido de la piñata. A Mario Martínez, que en paz descanse, le tocó luego continuar con la labor cultural iniciada por Octavio.


Una de las facetas más interesantes de la vida de Octavio Hernández es su espíritu innato de investigador, rebuscador de los hechos, un hurgador de motivos, y alguien que siempre va más allá de los acontecimientos. Lo anterior quedó plasmado fielmente en la   gran discusión, que nos deja Octavio dentro del libro “Apía tierra de la tarde”, con respecto a la ubicación actual de la cabecera municipal de Apía, en la intercepción de los caminos que conducían de Medellín a Popayán, tomando la ruta hacia Santuario, y el camino que venía de Manizales rumbo al Chocó, en la conocida esquina de Lázaro.


Argumenta Octavio, que los fundadores del municipio se ubicaron en el cruce de caminos que era por donde pasaban las mulas con el desarrollo en sus lomos, lo anterior, en abierta contradicción con la tesis de su tío el Padre Hernández, quien sostenía que Apía inicialmente lo habían fundado en los terrenos que hoy ocupa la vereda el Encanto y que tuvieron que trasladarlo, para el sitio que hoy ocupa, debido a la escasez del agua en el sitio inicial. Ese espíritu investigador y aventurero quedó, también, reflejado en todas sus obras muy especialmente en la del “Paladar de los Caldenses”.


Es bueno resaltar otras facetas importantes en la vida de Octavio Hernández y es la fotografía, a la cámara de Octavio se deben fotografías memorables como las de las viejas calles de Apía, que nos dejó como un nostálgico recuerdo de nuestra niñez y que hoy cobran gran valor histórico; el rostro apacible del padre Hernández, las fotografías sobre el viejo colegio Santo Tomás y muchas otras sobre algunos sitios, hoy desaparecidos de Apía, lo convierten en un fotógrafo de gran peso histórico, algunas de esas fotografías ilustran el libro sobre Apía y la revista sobre los 25 años del colegio Santo Tomás de Aquino y otras publicaciones.


En San José, Caldas, pueblo natal de Octavio, es reconocido como el impulsor de la cultura y las artes, tanto que muchos lo ubican como si fuera el funcionario público encargado de dichas labores, allí ha realizado concursos, ha creado un museo, ha restablecido construcciones de inmenso valor sentimental e histórico, es decir, todo un líder cultural reconocido y aceptado por la comunidad.


En la página 82 del libro Octavio menciona la importancia en la Universidad de Caldas de “El grupo de Apía” integrado por el doctor Helí Alzate Sánchez, eminente profesor de la cátedra de sexología, cardiólogo y bioquímico; el profesor Gustavo Isaza, en la cátedra de farmacología; Albeiro Valencia, doctor en Historia; por su reconocida humildad y por respeto , Octavio, omitió su nombre de esa ilustre cuarteta que brilló en la Universidad de Caldas en los años 70,80 y 90 del siglo pasado, pero los que tuvimos la oportunidad de pasar por allí sabemos con toda certeza que Octavio fue el más brillante de todos, pues logró ser el primer decano de la Facultad de Artes y Humanidades, y me atrevo a agregar, también, a esa distinguida lista, al doctor Horacio Gallego, bachiller de 1965 del Colegio Santo Tomás, eminente profesor y director del Programa de Lenguas Modernas de dicha Universidad.


Quiero dar, en nombre de todos los apianos, inmensas gracias a Octavio por dejarnos la magnífica obra que hoy nos entrega y con la cual se aumenta la escasa literatura que existe sobre Apía. Estamos seguros que su trabajo será fuente de consulta, de gozo y de satisfacción, mucho mayor para quienes tuvimos la oportunidad de vivir aquella época dorada de Apía, liderada por el gran talento humano que existía en el Colegio Santo Tomás, por aquellos años del 60 y el 70.


Me resta insinuarle a Octavio que nos consiga y nos envíe todo el paquete de sus obras para que reposen en la biblioteca pública municipal, institución que él mismo ayudó a fundar, y para que estén disponibles y se puede acceder a ellas tanto estudiantes, profesores y lectores en general , y poder de esta manera, disfrutar, apreciar y valorar la obra del más grande escritor formado en Apía.

 

(Estas fueron las palabras de ofrecimiento del acto en el Club Tucarma de Apía (Rda.), en la tarde del 7 de abril de 2012).