BALBUCEOS DEL ARTE MODERNO EN CALDAS

 

Octavio Hernández Jiménez

 

A muchos de los colonos que llegaron a territorio caldense los guiaba la ambición del oro que acompañaba los entierros de los quimbayas. Sus obras maestras engalanan museos del mundo y otras obras de orfebrería fueron fundidas para hacer prosaicas cajas de dientes en oro.

 

Mientras unos cavaban guacas, destruían las valiosas cerámicas y comerciaban el oro, los campesinos que participaron en la Expedición de 1846 optaron por levantar una aldea, en la vega conocida como La Enea, útero en el que se gestó Manizales. Por razones de estrategia vial y comercial, desistieron de su empeño y salieron de ese remanso feraz a fundar en definitiva a Manizales, en el cruce de los caminos que comunicaban el norte con el sur y el oriente con el occidente del país. No se trastearon persiguiendo atardeceres; fue asunto de estrategia comercial.

 

Según el Padre Fabo, en la “Historia de la ciudad de Manizales”, en 1872, aparecieron los primeros pintores en esta zona agreste. Ellos fueron Vicente Girón y Agustín Fajardo de los que hay constancia de cuadros religiosos pintados por ellos, no solo en Manizales sino en Salamina y Medellín.

 

Samuel Velásquez (1865-1942) es tomado más como antioqueño que caldense. Nació en Santa Bárbara, vivió en Manizales y luego, estudió en Medellín y Bogotá. De su capacidad artística para manejar la pluma dijo Samper Ortega que era “un gran pintor que escribiendo sabe distribuir las masas, dar perspectiva necesaria a su paisaje, penetrar en el carácter de sus modelos y disponer convenientemente de las luces y sombras con ojo certero y pulso firme”. Tal vez, por apreciaciones como la anterior, se ha dicho que Velásquez fue pintor. Fue autor de la novela “Madre”, en la que  describe  recuas de mulas y escenas costumbristas propias de esta provincia. Además, “Al pie del Ruiz”, “Magdalena”, “La guaca”. En la capital del país, hizo parte del cenáculo literario la Gruta Simbólica. 

 

Manuel José Cataño (1868) pintó, en Anserma, el Ángel en Adoración que sigue ensimismado, con las manos juntas, en una alcoba de San José Caldas. Luego aparecieron Arturo Patiño, Alfredo Merino y Elías Arcila que viajó por España y luego regresó a pintar, sobre todo retratos, entre ellos los de varios gobernantes. Gabriel Orrego, maestro de la madera, muy apetecido por los muebles de estilo rococó que talló, entre los que se destacaron escaparates, camas y muebles de sala y comedor.  Al través de sus años, en la primera mitad del siglo XX, aceptó las influencias del Art Deco.

 

El padre Nazario Restrepo Botero (nacido en Sonsón, en 1877), asistió a clases de dibujo con el padre Páramo y fue llamado, en forma exagerada, “el Padre de la Pintura Manizaleña”. A comienzos del siglo XX, Abel Ortega pintó retratos, sobre todo en la región del Quindío. Clímaco Agudelo, de origen manizaleño, fue contratado por el padre Villegas, en la parroquia de Santa Bárbara de Anserma, para construir, en madera oscura, el altar central, en el año 1951. Recuerdo el día de la inauguración cuando soltaron el telón morado que lo cubría y, en medio de la música del órgano, la multitud prorrumpió en aplausos. Se parecía mucho al altar central del templo de los agustinos en la capital caldense, aunque las naves el templo ansermeño eran de menor altura. Ese templo se quemó, en 1983. Antes había corrido con igual mala suerte el templo de Belén de Umbría y mucho después el templo parroquial de Quinchía.

 

Eliseo Tangarife nació en Rionegro (Antioquia) y se trasladó a Salamina, en 1891, cuando esta ciudad iniciaba su época dorada bajo la égida del padre José Joaquín Barco. Al principio de su obra como ebanista, se basó en modelos decorativos que aparecían en revistas de la bella época traídas del viejo mundo; después cogió vuelo propio al dedicarse, no tanto a la escultura, como a la talla en madera, de cómodas, peinadores, camas, otros muebles, aplicaciones ornamentales y portadas de portones y contraportones. Para la basílica de la Inmaculada Concepción de esa ciudad, talló el altar mayor y el púlpito, igual que el púlpito de la capilla de Nuestra Señora de las Mercedes. Murió en 1952, según su biógrafo, Fernando Macías, “en la extrema pobreza tanto que recurrieron a la venta de sus herramientas para cubrir los gastos de su entierro”. Se destaca, con su risa mefistotélica, la figura central del mascarón ubicado sobre la puerta de la Casa de la Cultura Rodrigo Jiménez Mejía, de Salamina. En corto tiempo, la vida y obra de Eliseo Tangarife han sido objeto de múltiples leyendas. El relato oral ha sido la forma de rendirle tributo a uno de los grandes artistas de la madera.  

 

CAPILLA DE LA ENEA

 

Los cronistas manizaleños comentan que, en 1878, el Pbro. Nazario Restrepo Maya, (tío de Nazario Restrepo Botero, el artista, el poeta, pintor e impulsor de la fundación de Viterbo) levantó, en tapia y techo a dos aguas, un sobrio lugar de culto, identificado inicialmente como templo de Nuestra Señora del Rosario y luego como Capilla San Pío X de La Enea que albergó algunas pinturas y esculturas que la mayoría de manizaleños de la segunda mitad dell siglo XX dejó de reparar en ellas.

 

El bucólico espacio en que construyeron ese recinto fue alterado gravemente cuando un cura de esos llamados modernos, acolitado por un arquitecto en cierne,  con muros de cemento y rejas de hierro, acorraló los jardines en que florecían matas propias de caserones construidos con “arquitectura sin arquitectos” heredada de una tradición que venía desde la Colonia española; llenó esa verja con largos y estrechos pasillos atestados de columnitas de cemento, corrales estrechos con rejas de materiales de deficiente calidad e improvisado diseño, además de lámparas de latón colgadas por doquier. Lo añadido ocultó el contorno agreste para hacer un entramado incómodo y de pésimo gusto.

 

En el año 2006, el párroco que administraba ese templo se mostró interesado en rescatar varias pinturas que, no se sabe por qué milagro, se habían salvado de la incuria del tiempo, de las generaciones sucesivas, de ladrones no honrados y ‘honrados’ como se atreve a llamarlos un vallenato. Muchos de esos objetos de culto habían entrado en desuso como efecto del Concilio Vaticano II. Entre las reliquias que poseía la capilla de La Enea, había un viacrucis que constaba de 14 cuadros, de 0,65 por 0,50 metros, pintados al óleo y de marcos de madera de cedro.

 

La empresa Iderna aportó el dinero necesario para el rescate de los retablos en los que estaba interesada en salvar María Elena Estrada, dama de exquisita sensibilidad que encomendó a Ana Lucía Rojo Cañas la restauración de los óleos y los marcos. Quienes fuimos testigos del estado de deterioro en que estaban estos óleos que narraban con ingenuidad la última caminata de Cristo al calvario, damos fe del magnífico resultado de la labor de restauración emprendida.

 

Los marcos tenían cuatro capas de pintura, una encima de otra. La primera era negra con toscos arabescos blancos en las esquinas. La madera estaba machambrada, sin espigos pero con puntillas. Ana Lucía rescató el color original de la madera a la que añadió una pátina de cera de abeja.

 

En los catorce óleos sobre el trayecto de Cristo, entre la casa de Pilatos y el Gólgota, primaba el color tierra, con azul oscuro, rojo y habano; algo de verde. Había unos cuadros más luminosos que otros debido, tal vez, a la ubicación en el templo. Los colores de algunas estaciones estaban desvanecidos debido a la luz que se filtraba y caía con todo rigor sobre los lienzos.

 

La obra tenía un aire arcaico y sus personajes aparecían con actitudes de escasa soltura física. Demasiada ingenuidad y pasividad. No poseían la mansedumbre, vitalidad o gracia que se observan en las figuras de Vásquez Ceballos ni de Ángel María Palomino, el primer pintor de temática religiosa con que contó Caldas.

 

Había unidad en la serie tanto en la temática como en los actores del drama, en la composición de cada escena, en el colorido lúgubre y en algunos recursos pictóricos. Los personajes eran robustos, con escaso tratamiento de la anatomía humana, de altura reducida, con una actitud que se catalogaría de infantil, al insistir más en la cara que en las proporciones del cuerpo; el autor pintó los rostros de un tamaño mayor al que dictan las proporciones de la plástica corporal ya establecidas por los griegos y consagradas en el Renacimiento.

 

Trece estaciones carecían de la firma que identificara al autor. En la estación 12, en que Cristo muere, podía leerse, al pie de la cruz, en letra tenue: “Por Severiano García”. Este era el autor.

 

Severiano García fue un pintor autodidacta, de carácter popular, del sur de la actual Antioquia que vivió en Neira Caldas, asentamiento del que salieron los colonos que descuajaron la selva en donde quedó ubicado Manizales, a mediados del siglo XIX. Según el Pbro. Horacio Gómez, en la fachada del templo de Neira hay dos esculturas de San Pedro y San Pablo, obras de Severiano García.

 

Entre las 14 estaciones, la más curiosa era la 12 por presentar a Cristo y los dos ladrones, de cuerpo entero,   ubicados por dificultad técnica en los límites del lienzo. El espontáneo pintor fue incapaz de dibujar las figuras dentro una necesaria proporcionalidad. De Gestas solo se ve un flanco. Para colocar en la escena las demás figuras, el pintor tuvo problemas hasta intentar solucionarlos pintando a la Madre de Jesús, San Juan, María Magdalena y otra de las mujeres, de medio cuerpo, como si estuvieran metidos en un hueco o detrás de un vallado. Solución ingenua y extrema. El dramatismo de la escena lo logró el pintor sin recurrir a los escorzos ni  a la sangre. Le bastó pintar unos nubarrones que amenazaban con un vendaval sobre la ciudad de Jerusalén.

 

María, en la estación número 13, tenía una pose copiada de una de las Marías que venían en las láminas europeas importadas, de Amberes o de París, entre los siglos XVI y XVIII. Felipe II había encomendado al taller de Cristóbal Plantin, de Amberes, con sucursales en Paris y Leyden, la impresión y suministro de estampas y libros con destino a la difusión del catolicismo en los dominios de la corona española. Por medio de esas láminas y grabados, en el Reino de Granada tuvieron un somero conocimiento de las obras de autores europeos como Rafael, Sassoferrato, Rubens, Van Eyck y otros maestros italianos y flamencos que fueron copiadas de un todo o por partes o sirvieron de inspiración a artistas locales.

 

La Verónica (etimológicamente, la que porta, en un lienzo, el vero-ícono, o sea la verdadera imagen de Jesús en el camino al calvario), en el viacrucis de Severiano García, aparecía con un estrafalario tocado inspirado en un peinado romano. Tanto en esta estación como en otras se notaba truculencia por el exceso de figuras cuyo único oficio era atiborrar los espacios.  Como esos viejos retratos de familia en que todo mundo tenía que caber.

 

No había sombras ni penumbras. Lo pintado era para que se viera estuviera en primer plano o atrás. Había detalles que resaltaban más que otros como anunciando: No se me olvidó pintarlos. Ejemplos: la retocada corona de espina y los clavos.

 

El cuadro mejor logrado en cuanto a distribución espacial de los protagonistas era el  último. El pintor lo dotó de solemnidad, unción y recogimiento y una tea iluminaba la cueva en la que iban a depositar a Cristo ya difunto.

 

Las estaciones del viacrucis de la Capilla San Pío X de La Enea tuvieron, para los no muchos manizaleños que repararon en ellas, un valor más histórico que artístico. Hicieron parte de la protohistoria de la pintura en Caldas. Los primeros pasos en un camino que, sin pausa, seguimos recorriendo.

 

Esas obras piadosas llevaban la existencia reposada de los seres que han soportado el paso de los años, hasta unas dos horas antes de la media noche del 24 de diciembre de 2010, en plena navidad. La capilla estaba cerrada a la espera de abrirla para la misa de gallo conmemorativa del nacimiento de Cristo. En tiempos de pesebres iluminados con energía eléctrica, acólitos, sacristanes y allegados a la sacristía se encargaron de poner las instalaciones, tal vez en forma improvisada. Esa noche, debido al recalentamiento de los alambres conductores de energía, como opinó un conocedor de los vericuetos de esa sacristía, un incendio arrasó con la capilla y lo que ella albergaba.

 

Quedaron reconocibles las paredes de gruesa tapia pisada y un carbón ennegrecido de lo que fue el hermoso Cristo muerto en la cruz, tallado en madera, de tamaño natural, fornido y que en época de esplendor se destacaba por su pintura porcelanizada y un número crecido de devotas. La partida de bautismo del arte caldense quedó vuelta un carbón de contornos humanos.

 

 

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