LOS TOROS, ÉXTASIS PARA PICASSO


Octavio Hernández Jiménez


Ante la obra de Pablo Picasso (1881-1973), no solo se pueden considerar factores artísticos sino históricos, políticos, sociales, éticos y celebrativos, como también hacer un recuento extenso de sus períodos, de acuerdo a colores, temática, estilos y simbolismos.

 Un período desembocaba en el siguiente; ninguno de ellos fue producto del capricho o la improvisación. La obra total del artista español fue un devenir que no se sabe cómo hubiera continuado si no hubiera fallecido al cabo de tantos años. Se distinguió por la creatividad, innovación, dinamismo y genialidad. Al solo museo Picasso de Barcelona donó más de mil obras suyas.


Los toros, en Picasso, hacen parte de ese de devenir insaciable. Este tema cuenta con una prehistoria dentro del thesaurus picassiano, hasta desembocar en Guernica (1937), cuadro en el que aparecen figuras, herencia de su mejor época, como dibujante y pintor; en pinturas anteriores ya se veían seres como los que aparecen en su obra cumbre: el caballo, el toro y la paloma, además de las mujeres y el guerrero vuelto añicos, tirado por el suelo.


Guernica es una obra de tamaño descomunal, (3,43 por 7,76 metros), y en ella, el artista apenas utiliza los colores blanco y negro, una gama de grises y unos toques de azul casi imperceptibles; en pintura de vinilo (no óleo propio de las bellas artes, en aquella época).


Al final de su juventud, Picasso se aficionó por las corridas de toros, derivadas de un milenario subconsciente ibérico y tradiciones andaluzas. En 1933, diseñó la portada del primer número de la revista surrealista Minotaure, nombre de un ser de la mitología mediterránea, mitad toro y mitad hombre. Como preguntaría el crítico Juan Antonio Ramírez, pensando en ese ser fantástico: “¿Bestia sanguinaria o desgraciado actor de un drama inexorable?”.


Alrededor de 1934, Picasso había pintado innumerables cuadros de corridas de toros, minotauros y los fragmentos regados por el suelo que aparecen en Guernica y que ya se vislumbraban en la Crucifixión, de 1930. Otros elementos que hacen parte del escenario de Guernica habían sido pintados como “madre herida con niño herido”, en 1937. No todo era igual. Entre lo de antes y el cuadro famoso existe un catálogo de sorprendentes variaciones.


En la primera mitad del siglo XX, Picasso pintó muchas obras con toros y caballos que, para el pintor malagueño, como para gran parte de la humanidad, han representado la virilidad, la fuerza, el poder y también el sacrificio, el valor, la dignidad, la resistencia. Entre la serie de corridas de toros llegó a pintar caballos despanzurrados por la violenta arremetida del toro y la tremenda agonía de los toros, como motivos para la reflexión humana sobre sus propios sufrimientos. La metáfora de la muerte humana de que hablaba George Bataille.


Fuera de tauromaquias y combates entre toros y caballos, Picasso pintó minotauros y minotauromaquias, en 1927; Minotauro ciego guiado en la noche por una niña, infinidad de corridas de toros no siempre realistas pues, desde 1906, inició la temporada de geometrización de formas y volúmenes, ‘época precubista’, que mezcló con otros estilos aglutinados bajo el nombre de ‘época clásica’, entre 1915 y 1925.


Picasso pintó un toro que estaba más cerca del humor que de la majestad. Trata de la cabeza esquematizada de un toro con alas, realizado con tinta negra; un boceto ágil de una obra que reprodujo con el título de “Los toros son ángeles que llevan cuernos”. También pudo haberlo llamado Los ángeles son toros que llevan alas. Una vez más, el genial pintor nos dejó una visión placentera del toro como animal mitológico.


En 1935, Pablo Picasso produjo los grabados Minotauromaquia, y en 1958, volvió con otros grabados bajo el nombre de Tauromaquias, en los que representó, en estilo tremendista, diversos momentos del combate en el ruedo, como aquel en el que el celebrante del ritual entre el hombre y el toro se lanza por el aire para clavar las banderillas.


En otro grabado, el torero posa, a modo de retrato solemne, con su traje de luces, de chaquetilla, chaleco, hombreras, taleguilla, medias de seda, abajo de la rodilla, zapatillas negras y la montera; de capote y alamares; muy apropiado para enseñarles, a descendientes de quienes fueron fieles seguidores de las corridas, lo que sucedía en las plazas de toros, en el siglo XX. Pero, ya, quienes amaron el milenario ritual se encuentran sumergidos en el cuarto a media luz de las nostalgias: ¡Así lucía un torero!

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